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Bienvenidas(os) a Un mundo de ilusión con la tía Joce.


Mi nombre es Jocelyn Navarro, soy estudiante de Educación de Párvulos de la UCSC, estoy cursando el 2° año de mi carrera y he creado este blog como una instancia de información y debate acerca de la educación inicial de hoy en día.


En el encontraras información relevante de lo que esta ocurriendo en la educación de párvulos y además tendrás el espacio para opinar sobre los temas que se irán exponiendo durante el mes.


Sigue visitando este blog y te encontraras con muchas sorpresas.




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Derechos de los niños

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Los aportes a la educación inicial desde el campo de las neurociencias

LA HISTORIA DE LA INFANCIA, UNA HISTORIA POR HACER

René Salinas Meza

Introducción En nuestros días, el niño se ha convertido en un sujeto activo de derechos. Tanto los cambios sociales y políticos experimentados por la sociedad como la aceptación de una nueva representación social de la infancia por parte del mundo adulto han determinado la difusión de una especial sensibilidad sobre la niñez, en la cual se enfatiza el mejoramiento de sus condiciones de vida y se favorece el desarrollo de soluciones a sus problemas. A nivel mundial, ello se ha hecho sentir en los foros de Naciones Unidas, organización que ya en 1989 aprobó un texto vinculante para todos sus Estados miembros con el compromiso de reconocer y respetar todos sus derechos.

Esta valorización de la infancia como tal ha significado, por un lado, la identificación formal de este período de la vida humana, y, por otro, la autonomización de sus efectivos. En otras palabras, ha llevado -o tal vez debiéramos decir que debería llevar- al abandono de la subordinación del niño al adulto, hecho que lo ha obligado a actuar como tal antes de serlo.

La presencia del niño en la historia ha sido una auténtica «presencia oculta», lo que dificulta enormemente la tarea del historiador cuando quiere identificar sus huellas, ya que casi siempre éstas se confunden con las de la vida de los adultos. Dar voz a este silencio histórico es una tarea difícil y compleja, pero no imposible.

¿Cuándo se es niño y cuando se deja de serlo? Por lo general, se privilegian aspectos cronológicos cuando se intenta precisar la condición de la niñez y su paso a la adolescencia o a la vida adulta. Sólo en la primera mitad del siglo XX los diccionarios comienzan a enfatizar consideraciones de carácter biológico. Sin embargo, muy excepcionalmente se consideró en esas definiciones -cronológicas o biológicas- la condición infantil más profunda, caracterizada fundamentalmente por su subordinación al mundo adulto y por el desamparo social de los niños.

Así, pues, nuestra época se presenta muy sensibilizada ante los problemas de la infancia, aunque todavía las respuestas que conlleva esta sensibilización son incompletas por la ausencia de antecedentes y explicaciones que la hagan comprensible. ¿Por qué hay momentos con mayor deseo o rechazo de los hijos? ¿Cuál es el medio más adecuado para el desarrollo del niño: separado o alejado del mundo adulto? ¿Qué rol deben cumplir los diferentes actores que participan en el cuidado y evolución del niño, tales como padre, madre, educador, médico, etc.? ¿Cuándo y cómo el niño debe dejar esa condición y asumir la del adulto? Todas estas interrogantes -y muchas otras- requieren la reflexión del historiador, por lo que la historia de la niñez se ha transformado en un campo de investigación que atrae el interés de los especialistas desde mediados del siglo XX.

Ciertamente, ninguna sociedad puede prescindir de procrear niños y de cuidarlos de forma adecuada para que sobrevivan. Los problemas que debe ayudar a dilucidar el historiador van en otra dirección. Hoy aceptamos un modelo familiar en el que los conceptos de amor materno y domesticidad conyugal generan condiciones particularmente favorables para el desarrollo de la intimidad. Esta sería una característica básica de la familia nuclear doméstica, en la que moran sólo padre, madre e hijos, y en la cual existe una cierta división del trabajo capaz de generar la disponibilidad de las madres para dedicarse enteramente a los hijos; es decir, reconocemos una unidad doméstica bien delimitada y con un adecuado control de todas sus funciones. ¿Pero ocurría lo mismo en el pasado? Muchos testimonios parecen demostrar que, muy por el contrario, la familia tradicional era sobrepasada por otros grupos de la sociedad en la competencia por conseguir las lealtades de sus miembros, lo que generaba una dinámica social muy diferente del modelo nuclear moderno. Entonces, hay que precisar desde cuándo se reconoce a la infancia en la sociedad y desde cuándo se la valora como tal, ya sea que ello date del siglo XVIII, como cree Philippe Ariès; del siglo XIV, según algunos medievalistas, o incluso de la Grecia helenística y de la Roma republicana.

Aunque hoy día largamente cuestionada, la precursora propuesta de P. Ariès fue por mucho tiempo aceptada sin contrapeso. Según ella, antes del siglo XVIII el niño no tenía una especificidad definida y muy tempranamente era considerado como adulto y mezclado en el mundo de los mayores. Sólo a fines de ese siglo, y particularmente entre la nobleza ilustrada -que privilegia la familia nuclear compuesta por los padres y los descendientes directos-, el niño comenzó a ser mimado e individualizado, especialmente por la madre. El surgimiento de la «familia moderna», al privilegiar las relaciones afectivas entre sus componentes, hizo emerger una nueva función maternal que se volcó sobre el niño.

Por otra parte, los estudios de demografía histórica -muchos de ellos originados incluso antes que las propuestas de Ariès- ya habían puesto de manifiesto, aunque fuera de manera indirecta, la presencia de la niñez en el análisis del pasado: curvas de concepciones y nacimientos, tasas de natalidad y de fecundidad, intervalos intergenésicos, duración de la lactancia, altas tasas de mortalidad infantil e incluso el tamaño y estructura de las familias, fueron precursoras ventanas desde donde observar anónimamente la realidad de la infancia.

Como en pocas especialidades de la investigación histórica, el historiador de la infancia está más obligado que nunca a una flexibilidad metodológica y a una amplia disposición para conjugar e integrar enfoques pluridisciplinarios. Incluso a veces no le es fácil una apreciación objetiva del tema por la relación con su propia infancia y con la de sus hijos. El abanico de interrogantes que los historiadores se han formulado sobre este tema prueba la complejidad de cuanto decimos; algunas de ellas han llegado a formular descripciones muy pesimistas de la condición del niño en el pasado, los que, aparentemente, habrían sobrevivido en un medio inhóspito e infeliz, al menos en comparación con lo que ocurre hoy en día. Edward Shorter, por ejemplo -entre otros-, nos ofrece una imagen sobrecogedora de esa condición: lactantes envueltos en pañales estrechos, alimentados con productos indigestos, ahogados en sus excrementos, severamente castigados, descuidados en sus enfermedades y con una actitud de indiferencia ante su muerte. No mejor es la condición que describen algunos historiadores cuyos análisis están basados en teorías psicoanalíticas, agregando a lo ya señalado una alimentación deficiente, la ignorancia en la educación sexual, la represión de la masturbación y la ruptura de la relación con los padres por su envío a criarse con nodrizas. Según esta óptica, el niño habría sido reprimido casi en todos sus impulsos, lo que se tradujo en adultos infelices que reproducían el mismo modelo con sus hijos.

Para el historiador no es tarea fácil acercarse a las condiciones profundas de la niñez porque sus fuentes de información son, a menudo, sólo los recuerdos de los adultos. Así, la interioridad del niño -sentimientos, alegrías, pesares- nos llegan sesgados por la experiencia. La total ausencia de autonomía por parte del niño para elegir el ambiente en que hace su vida -familia, educación, formas de subsistencia- es la primera condicionante de su vida; por lo tanto, hay que indagar respecto de su integración en la familia, en la forma en que percibe su entorno, en las actividades que desarrolla cotidianamente y en la seguridad que le brinda el medio para sobrevivir. Por mucho tiempo la cuestión predominante en el interés de los historiadores de la niñez fue la existencia o ausencia de un «sentimiento» de la infancia, objetivo abiertamente anacrónico, pues el modelo de sentimiento que se tomaba como referencia era el sentimiento moderno. El niño, en cuanto objeto de análisis histórico, debe ser observado como un sujeto real que se desenvuelve en un marco familiar y social determinados, que asume un rol específico, que juega un papel económico y que tiene una inserción social y un valor religioso.

Hay un cierto consenso en la historiografía de la infancia en el sentido de destacar que en las sociedades antiguas el niño interesaba relativamente poco, aunque nunca se desconoció que era, en última instancia, el fin que justificaba el matrimonio. Probablemente se le vio más como un futuro adulto, y en consecuencia su importancia estaba más en su utilidad futura que en su realidad presente. Así, entonces, el hijo fue aceptado siempre como una parte esencial y consustancial de la familia. Por otra parte, en el contexto global de la sociedad tradicional una proporción muy significativa de la población era joven, lo que hace pensar que los niños estaban presentes en todos los ámbitos de la vida. Más sorprende, entonces, su «invisibilidad».

Especial importancia ha cobrado el interés por precisar la intensidad de los sentimientos que despertaba el niño en sus padres, ya que estos manifiestan una aparente indiferencia, tanto frente a conductas relativamente generalizadas como el infanticidio y el abandono, como, en general, frente al destino de los infantes. Es seguro que, en la sociedad tradicional, el interés que manifestaban los padres por sus hijos es diferente del de hoy. Es cierto que el hijo era mantenido a distancia y entrenado para asumir una conducta sumisa y deferente; pero tal vez sea exagerado sostener que faltaba toda forma de afecto. Debemos tener en cuenta que la existencia del niño era mucho más precaria que hoy en día, especialmente por la alta mortalidad infantil, que probablemente atenuaba la conmoción frente a su suerte. Como ya hemos señalado, los padres siempre entendieron la llegada de un hijo como un don de Dios, por lo que con la misma resignada piedad aceptaban su muerte o sobrevivencia. Atacado por enfermedades estacionales (intestinales en verano y respiratorias en invierno), por pestes y epidemias (viruela, difteria), morían fácilmente. El infanticidio, abierto o encubierto (bastaba con acentuar un poco el descuido del bebé para que la naturaleza hiciese el resto), se practicaba más de lo que sabemos. A todo lo anterior, hay que sumar el hambre y la miseria, que han llevado a muchos padres a deshacerse de sus hijos abandonándolos a la caridad pública. La verdad es que hay muchos testimonios de comportamientos paternales que nos hablan de una «insensibilidad» frente a los hijos (la ilegitimidad y el abandono serían sólo dos fenómenos de algo mucho más complejo). Pero, cuidado; ¿no hay algo de anacronismo en esta interpretación extrema?

Un redimensionamiento de la importancia del hijo se produjo muy tardíamente en la sociedad tradicional. Sólo a fines del siglo XIX, la Iglesia, por un lado, y la medicina, por otro, llamaron la atención sobre el cuidado del recién nacido. Para la primera, la protección del hijo era una obligación ineludible para salvaguardar la máxima función del matrimonio, esto es, la procreación. Para la segunda, la alta mortalidad infantil se transformó en el aspecto emblemático de las condiciones higiénicas y materiales de una sociedad atrasada. Las advertencias a las prácticas abortivas serán las primeras en aparecer. Incluso la Iglesia promueve la noción de que los padres están obligados a velar por el sustento de los hijos desde el mismo momento en que se los concibe. Otra advertencia se relaciona con la conveniencia de practicar el amamantamiento materno y el consiguiente abandono del las nodrizas o amas que se encargaban de ello. Este fenómeno se percibía incluso entre madres modestas. Por otra parte, la figura del padre y las relaciones paterno-filiales se readecuaron a una nueva perspectiva: el hijo le debe todo a su padre porque le debe la vida. La noción educativa contenía el principio de un padre venerable y respetado, por una parte, y el amor filial, por otra.

Historia de nacimientos y de muertes

La sociedad tradicional ve nacer muchos niños, pero también morir a otros tantos. Ambos hechos son esencialmente domésticos, pero, en especial el nacimiento, ocurre en casa. Este es un hecho esencial de la vida familiar: se nace en el lecho materno, y si bien los familiares permanecen expectantes cerca de la madre, muy pocas personas asisten a ésta al momento de dar a luz. Sólo las mujeres mayores y alguna comadrona o partera podían orientarla, pero casi nunca un médico. El primer curso de obstetricia, que buscaba tratar la maternidad y nacimientos con criterios y técnicas modernos, fue creado recién en 1836. Tampoco había, para las primerizas, una literatura que las instruyera. No es raro, entonces, que el parto se produjera en medio de condiciones asépticas y de conocimientos primarios que, más que favorecer el advenimiento de la vida, aceleraban el triunfo de la muerte. En este contexto, el nacimiento era un verdadero éxito, que había que entenderlo como un regalo de Dios, del que no se estaba seguro hasta pasados los primeros meses. Esta misma inseguridad llevó a la Iglesia a aconsejar a los padres que se apresuraran en bautizar a sus hijos aun sin los óleos sacramentales si la distancia de la parroquia impedía acudir hasta el sacerdote. De ahí que cuando se celebra formalmente el rito se señale casi siempre en los registros respectivos el «bautismo de agua» de los niños mayores de cuatro o cinco días de edad.

Los nacimientos se reparten de forma más o menos homogénea a lo largo de todo el año. Las curvas del movimiento estacional no son coincidentes en todos los casos analizados, y así vemos que mientras en Valparaíso un tercio del total anual ocurre en los meses de invierno (junio, julio, agosto), Quillota y Casablanca conocen un 37% de los nacimientos en los meses de mayo y junio. Algunos centros agrícolas y mineros presentan alzas en verano (31% entre diciembre y febrero, como en Illapel), o entre agosto y octubre, como en Rancagua. Esto nos permite comprender que las concepciones se producen regularmente en forma escalonada a lo largo del año, sin experimentar bruscas variaciones.

Directamente asociado al nacimiento estaba el bautismo. Este era un acto ritual que festejaba el nacimiento de una criatura, al que la Iglesia revistió de carácter sagrado. Junto con la comunión, eran los dos ritos fronteras de la vida infantil: el primero, para acogerlo a la vida, y el segundo, para festejar su paso a la pubertad. Ya hemos señalado las dificultades para cumplir con esta obligación sacramental derivadas de las distancias entre los hogares y las iglesias y las complicaciones para superarlas. A ello habría que agregar lo oneroso del rito, que podía costar hasta un peso a mediados del siglo XIX, cuando un obrero no recibía más de dos reales diarios. La Iglesia y los hacendados organizaron «misiones» especiales durante el verano para atraer a los padres a cumplir con el sacramento en los sectores rurales, y se presionó a las madres con hijos ilegítimos para su bautismo en los nacientes centros urbanos. En general, los padres trataban de cumplir con esta exigencia religiosa, dotándola, incluso, de un doble significado, al imperar la costumbre de la celebración y del festejo del acto y la selección de los padrinos, los que participaban activamente tanto del rito como de la fiesta. En los sectores agrícolas, el mayor número de bautismos se realiza en los meses de verano, coincidentes con la cosecha y la «misión» eclesiástica. En los sectores urbanos, se privilegian otros meses, como mayo y octubre, en Valparaíso.

La vida del menor dependía, obviamente, del tipo de familia en que nacía. No era lo mismo ser hijo de un matrimonio formal, bautizado con la presencia de ambos padres y de dos o más padrinos y tener por delante todos los derechos que se derivaban de su legitimidad, que ser hijo de una relación ilícita, bautizado como hijo natural o de padre no conocido y dependiente de los esfuerzos de su madre para garantizar su sobrevivencia. Entre estos dos extremos, algunos niños nacidos de relaciones prematrimoniales pudieron mejorar su situación con el matrimonio de sus padres, pero los índices de ilegitimidad alcanzaron porcentajes que rara vez bajaron del 20% del total de bautizados. La condición de estos últimos fue, a no dudarlo, muy difícil. Predispuestos a la marginación y excluidos de la herencia paterna, sobrevivieron a duras penas, aunque algunos privilegiados excepcionales se vieran favorecidos por el arrepentimiento paterno, que los legitimó y dotó de bienes al momento de la muerte del progenitor.

Las probabilidades de alcanzar la vida adulta eran muy limitadas para todo recién nacido. Un alto porcentaje moría durante el parto, y, en no pocas ocasiones, moría también la madre. Las referencias de hijos fallecidos al nacer o en los primeros días de vida no están ausentes de los recuerdos de sus padres al momento de hacer su testamento, por muy vaga que sea la memoria de éstos: «muerto en su tierna edad», «muerto párvulo» puede ser la escueta referencia a este hecho cuando no se recuerda con precisión el nombre y la edad. Aunque con más dramatismo entre los sectores populares, esta situación afectó también a los otros sectores sociales.

No es fácil estimar cuantitativamente los niveles de mortalidad infantil, al menos hasta la segunda mitad del siglo XIX; pero incluso indirectamente los pocos datos disponibles corroboran este trágico destino. Veamos algunos ejemplos más directos. En la aldea de Casablanca, durante el siglo XVIII, encontramos la siguiente situación:

Si analizamos el decenio 1765-74, constatamos que nacieron 758 niños, de los cuales un 5% dejó de existir antes de los 15 días, seguramente como resultado de deficiencias congénitas, a consecuencia de atenciones deficientes al momento del parto o a causa de la mala salud de la madre. Un cálculo exacto de la mortalidad endógena requeriría de datos más concretos, pero es altamente probable que al año de edad ya hubiera fallecido el 10 por ciento de los nacidos El parto era un momento esperado, pero también temido, y con razón. Las parturientas que lograban ser atendidas por comadronas quedaban en manos de personas escasamente calificadas y, por lo tanto, muy vulnerables e indefensas ante la menor complicación. Pasado el primer mes de edad, la situación del niño no mejoraba significativamente, pues era víctima de la mortalidad exógena, es decir, causada por factores externos, tales como enfermedades (digestivas, respiratorias, epidémicas), mala alimentación (especialmente cuando era enviado a amamantarse con nodrizas) o descuidos. El niño vivía siempre en una condición de alto riesgo frente a las enfermedades, condición que era levemente atenuada entre los sectores más pudientes y con mejor nivel cultural. El combate contra la enfermedad conjugó, hasta muy avanzado el siglo XIX, recursos de todo tipo: religiosos, supersticiosos y paramédicos, los que podían emplearse por separado o en conjunto. En los sectores rurales, la superstición era mayor y el tratamiento, eminentemente empírico, quedaba en manos de las mujeres del hogar o del vecindario más inmediato. Entre las familias acomodadas, especialmente de Santiago y de las principales ciudades, el tratamiento fue más permeable a la asistencia del médico y a la utilización de manuales de higiene y de medicina doméstica, que solían consultar las madres que sabían leer. Sin embargo, sin vacunas ni antibióticos, el contagio causaba estragos entre hermanos, en primer lugar, y luego en toda la comunidad.

La situación cambió poco o nada durante el siglo XIX. En 1854, la proporción de defunciones de niños de 0 a 7 años de edad en relación con los nacimientos del mismo año fue de 27% en todo el país, pero con fluctuaciones que iban desde el 20 % en Cauquenes al 47% en Santiago. Ese mismo año murió el 5.7% del total de niños de entre 0 y 7 años de edad en todo el país, pero en Santiago lo hizo el 16%. Robert McCaa ha calculado una tasa de mortalidad de 50.54 por mil para el grupo de edad 0 a 4 años durante el siglo XIX. Sin embargo, este porcentaje sería, según Eduardo Cavieres, todavía más alto, al demostrar que del total de hijos concebidos dentro de matrimonios que tienen más de 10 años casados, en 77 familias de Valparaíso, el 29.7% de ellos han muerto en la infancia o de muy tierna edad a mediados del siglo XIX. Todavía a comienzos del siglo XX, la descripción de la vida de una familia popular típica de Santiago muestra que de un total de 12 hijos tenidos a lo largo del matrimonio, 5 ya habían fallecido al cumplir la mujer los 40 años.

Observado el fenómeno desde la fría óptica de la estadística demográfica, la alta mortalidad infantil representó un «alivio» para la sociedad. Si se considera que, no obstante la magnitud de este fenómeno, el grupo juvenil de la población podía representar más del 40% del total, resulta difícil comprender cómo las familias habrían podido sostener a una masa tan grande de niños.

Historias de abandono

Una situación igualmente dramática vivió el niño que pudo escapar de la muerte, pero esta vez a través de una vida fuera del hogar que lo vio nacer. Muchos padres rechazaron a algunos de sus hijos, sea enviándolos a criarse en otros hogares, sea abandonándolos a la caridad pública. El rechazo de estos hijos se ha explicado por variadas razones: una forma de control de natalidad necesaria, el ocultamiento de un desliz adúltero o simplemente la miseria. Por cierto que los hijos ilegítimos se rechazaban en mayor número que los propios, pero también estos últimos podían correr la misma suerte. Este es un fenómeno que requiere de un análisis mucho más profundo si se lo quiere comprender en toda su complejidad; en él no están ausentes conductas y actitudes mentales relacionadas con la niñez, muy propias de la sociedad tradicional.

Muchos datos provenientes de demandas judiciales y de boletas censales, así como de otro tipo de fuentes, ponen de manifiesto la acentuada tendencia de excluir al niño de la familia de origen o, al menos, testimonian que estos niños pasaran un período importante de su vida infantil en un hogar que no era el de sus padres. ¿Qué razones llevaban a estos a excluir a sus hijos de su hogar? Tal vez su presencia limitaba la disponibilidad laboral de la madre, o bien seguía a esta en su trabajo en un hogar ajeno, en el cual terminaba por insertarse como un niño más. Por otra parte, la crianza de los niños en el contexto de la organización doméstica tradicional se insertaba en la idea de preservar los recursos dentro del círculo parental, lo que habría llevado a que muchos niños fueran puestos bajo la protección y el cuidado de otros parientes consanguíneos o políticos. Así, mientras la familia de origen disminuía el costo de la crianza y de la eventual educación, la familia de acogida complementaba sus necesidades con un servicio gratuito. Por cierto que esta circulación de niños al interior de la red familiar ayudó a reforzar las identidades familiares; sin embargo, hay muchos otros casos en que el niño no fue a una familia de esa red, sino a otra, con la que incluso se podía establecer un contrato tácito de cesión que permitía su recuperación alguna vez. Algunos casos ilustran dramáticamente esta realidad, como el ocurrido con María Valle, viuda, pobre de solemnidad, quien en 1792 se presentó ante la autoridad diciendo que «hace cuatro años le entregué a Santiago Torrijo ...un muchacho para que lo educase y le enseñara oficio, por encontrarme pobre y sin poderle dar educación. Pero he averiguado que lejos de darle educación solo lo ocupa en su servicio para arrear sus mulas. Mirándolo con el mayor abandono sin ni siquiera darle la doctrina cristiana...Yo he hecho varios esfuerzos para que me lo restituya ...él no quiere devolverme mi hijo porque no quiere perder un peón que le sirve sin interés ninguno...». A veces la autoridad debió intervenir para que estos niños fueran devueltos a sus padres, aunque esta también tenía el poder para separar a los niños de sus hogares cuando consideraba que había razones para ello. Por cierto, estas «razones» eran muy subjetivas y se prestaron para abusos indiscriminados en el aprovechamiento de una mano de obra gratuita, abundante y fácil de conseguir. Las instrucciones a los alcaldes de barrio en las ciudades más importantes de la segunda mitad del siglo XVIII autorizaban para que se recogieran a los niños «desamparados» y se fueran entregados a maestros de oficios que se encargaran de su educación y enseñanza. En las áreas rurales, los abusos llegaban a situaciones límites, como ocurrió con Juana Josefa Melo, quien denunció en 1795 al subdelegado de Quillota de haberle quitado una hija de ocho años llevándola a su casa como sirvienta «como una vil esclava» y sin siquiera «darle lo suficiente para una mínima decencia...». La razón esgrimida por el subdelegado para justificar este acto fue que la niña recibía en casa de su madre «un mal ejemplo».Algo similar le ocurrió a Tadea Pachi, en Aconcagua, quien se quejó dramáticamente en 1819 de que soy una mujer viuda, tengo tres hijos varones que están sirviendo a la noble causa americana, quedándome una hija de tiernos años que para mi avanzada edad era todo mi alivio y complacencia hasta que el señor Gobernador de la villa de Aconcagua me privó de ella...para entregarla sin duda al servicio de alguna familia. Mas yo estimulada por la falta que me hace y del maternal amor que le profeso...[pido]...se me entregue...pues no hay razón para que una viuda desamparada carezca del servicio y tierna delicia que debe resultar de tener a su lado a una criatura a quien le ha dado el ser». La situación no cambió en el siglo XIX, ya que, todavía en 1865, un joven llamado Domingo, de 11 años, declaró ante el juez de Concepción «que su padre se comenzó a enojar con él porque se había venido de donde estaba alquilado y temía que le pegase [por ello]».

Todo hace pensar en que esta forma de exclusión de hijos es más bien un mecanismo que permite derivar niños desde hogares pobres a otros con más recursos, en los que encuentran mejores condiciones de vida a cambio de sus servicios gratuitos. Así se explicarían los reclamos por devolución de hijos que señalamos anteriormente. En otras palabras, la decisión de los padres de excluir a un hijo de su hogar obedecería más a un cálculo de sobrevivencia y de garantía de mejores condiciones para su educación y no, como podría suponerse, a una falta de amor hacia el hijo. Los casos que hemos conocido hasta ahora corresponden solo a hijo varones, lo que se explicaría por la mayor facilidad que tenían las familias pobres para colocar a sus hijas en el servicio doméstico desde muy temprana edad. Es indudable que las tareas domésticas de los hogares pudientes, especialmente en los nacientes centros urbanos o en las espaciosas casas hacendales presentaban exigencias más urgentes para actividades femeninas. Las boletas censales de mediados del siglo XIX muestran siempre sobrepoblación femenina en las casas más acomodadas. También los juicios que involucran a menores (especialmente por abusos sexuales), nos muestran a estos pequeños ocupados en labores domésticas. Es interesante constatar como, por ejemplo, en La Serena, en 1813, el número de niños y de niñas menores de siete años era casi el mismo. Pero ya a partir de los ocho años, el equilibrio se rompe a favor de las mujeres hasta casi duplicar a los hombres a partir de los dieciséis años.

Así, esta conducta de exclusión del niño respecto de su hogar paterno o de la proximidad de la madre debe entenderse en un contexto más amplio, en el que también hay que considerar las condiciones económicas, la pobreza, las escasas fuentes de trabajo y la cultura popular. Estos -y todavía otros factores más- habrían generado un ambiente en el que el «instinto maternal» se asumió de un modo diferente. Aquí, el sentimiento materno, o lisa y llanamente la maternidad (especialmente de las mujeres populares), no se manifestaba según los criterios formales que la literatura e ideología moderna han impuesto hoy en día. Esto quiere decir que en los sectores populares ser madre no implicaba necesariamente una preocupación ineludible por garantizar los grandes cuidados que se supone ésta debe dar a sus hijos, y que son entendidos casi como inherentes a la condición de madre. Esta ausencia de «sentimiento maternal moderno» era coincidente con el rol que le asignaba a la mujer-madre la estructura familiar patriarcal imperante en la sociedad, y condicionado por severas normas de control social que regulaban su conducta pública (como, por lo demás, también ocurría con los hombres). En este contexto, los afectos se vivían a través de escasas manifestaciones, especialmente entre los hombres, pues los sentimientos eran considerados como cosa de mujer. Abortos, infanticidios, violencia con los menores fueron conductas reiterativas, a pesar de que se castigara muy ocasionalmente a los padres y menos a las madres.

Por otra parte, sea en el hogar materno o en el de acogida, el niño percibió muy tempranamente que hombres y mujeres asumían tareas y responsabilidades muy definidas, de acuerdo con su sexo, lo que los hacía crecer imitando a unos u otras según fueran niños o niñas. Así, se preparaban desde pequeños para asumir el rol que su sexo les asignaba en la etapa adulta. Especialmente las niñas, sobre todo las de familias modestas, desde muy pequeñas prestaban importantes servicios en la casa, encargándoseles compras, llevar y traer recados, cuidar de los hermanos menores y, en fin, liberando a la madre de responsabilidades, lo que le permitía a ésta dedicarse a otros trabajos dentro del hogar o fuera de él. Estas pequeñas criaturas aprendían muy tempranamente, por necesidad, a ocuparse de los trabajos domésticos como un anticipo de lo buenas «dueñas de casa» que serían cuando adultas.

El crecimiento de los hijos tanto en sus familias de origen como en las de acogida era más o menos similar para niños y niñas. Compartían juegos y actividades, convivían con el resto de la comunidad familiar, donde podía haber, además de padres y hermanos, tíos, abuelos, nodrizas, sirvientes y allegados. La escasa educación que recibían se regía por los mismos principios y se tenía con ellos los mismos cuidados. Es probable que en la familia se hablara poco con los niños, al menos por parte de sus padres, de modo que la sociabilización se hacía más por la mirada, la observación y la imitación. Tal vez los principios básicos de la formación del niño constituyeron los únicos elementos que no discriminaron entre ricos y pobres, campesinos y ciudadanos: obediencia, discreción, control de sí mismos, interiorización de los comportamientos, control de la afectividad. Incluso la llegada de la pubertad, que conlleva consigo cambios tan importantes para el niño, fue tratada por los padres con severidad.

Los espacios en que se desenvuelve la vida del niño son muy limitados en esta sociedad tradicional. Por lo general, duermen cerca de la madre (y del padre) aun en las familias acomodadas. La separación del niño del cuarto materno fue, tal vez, una de las primeras manifestaciones que generó la modificación del concepto de vivienda moderna, desplazándoseles a una antecámara o, más comúnmente, a la habitación de los sirvientes. Pero en las clases populares, que habitaban hogares que se componían de un cuarto o, a lo más, de dos, los hijos siguieron resignadamente en la promiscuidad de la habitación que compartían padres, hijos y hasta otras personas ajenas. Esta realidad de la habitación reducida de los hogares populares determinó que el espacio más frecuentado por el niño, donde dio rienda suelta a sus fantasías y aprendizaje de la vida, fue el campo abierto en los sectores rurales y la calle de las nacientes aldeas. Los niños están siempre presentes en los hechos públicos que conmocionan a la aldea, e incluso a veces son citados como testigos presenciales de alguna transgresión al «orden» de la comunidad. La calle fue, junto a la casa (y a veces incluso más que la casa), el gran ámbito de sociabilización del niño, donde jugaba pero también aprendía, ya que era un espacio que aun para los adultos estaba a medio camino entre lo público y lo privado.

Otro tipo de exclusión del hijo del hogar fue el abandono definitivo. El abandono de niños recién nacidos ha dado origen a una extensa bibliografía, pues parece haber sido una conducta ampliamente practicada en todas las sociedades. Aunque menos frecuente en la Europa del norte que en la del sur, todo el continente conoció formas de abandono infantil, especialmente favorecido en el sur por las facilidades institucionales que se ofrecieron para el depósito de niños. Es indudable que esta forma de exclusión estuvo ligada directamente con el aumento de los hijos ilegítimos, tanto en Europa como en América, hasta donde se traspasó la organización institucional para recibir a los infantes. Los casos estudiados en la América hispana demuestran que las causas principales del abandono infantil habrían sido las relaciones sexuales ilícitas y la miseria. Las mujeres seducidas y embarazadas por amantes que no podían o no querían formalizar el matrimonio, se arriesgaban al repudio de la comunidad, razón por la cual intentaron ocultar su vergüenza abandonando al recién nacido. Pero también muchas madres que por su miseria no podían criar al hijo optaron por esta alternativa. El niño era abandonado con la esperanza de que la caridad cristiana de quien lo encontrara le ayudase a sobrevivir, por lo que era «depositado» en las puertas de las iglesias o de las casas de familias pudientes. Bastó que a fines del siglo XVIII el fundador de la Casa de Huérfanos de Santiago hiciera público su deseo de crear esta institución para que, tras sus palabras, «le arrojasen a las puertas de su casa 25 criaturas...».Algunos de estos huérfanos encontraron salvación a su desventura siendo recogidos por las mujeres de la casa, bautizados e integrados al grupo doméstico. Por cierto, fue también la solución de aquellos matrimonios estériles o que habían perdido un hijo, los cuales los «adoptaron» afectiva y socialmente.

El número de niños excluidos de su hogar mediante el abandono alcanzó un alto porcentaje, especialmente desde que se institucionalizó su acogida, convirtiéndose en una especie de crianza a expensas de la comunidad, ya que en muchos casos los padres dejan más de un testimonio que demuestra su deseo de recuperarlos más tarde. Por otra parte, esta forma de abandono se transformó también en un «eficiente» mecanismo de sobrevivencia (o al menos la esperanza de que así fuera) para el niño, pues le garantizaba un mínimo de seguridad, a la vez que liberaba a la madre de una carga que limitaba su contribución a la economía familiar. Los datos de la Casa de Huérfanos demuestran la magnitud cuantitativa del fenómeno; pero también interesa resaltar otros aspectos, como el ciclo seguido por el niño abandonado. En un primer momento, éste era recibido («expuesto») en la Casa, desde donde era entregado rápidamente a un «ama» encargada de amamantarlo. De hecho, la Casa tenía, desde 1783, un empleado cuya función era ubicar en la ciudad a mujeres que estuviesen alimentando niños de pecho para interesarlas en recibir a estos nuevos lactantes. Entre 1797 y 1818, la Casa repartió bajo esta condición a un poco menos de 1.500 niños abandonados entre 630 amas, de las cuales sólo 363 recibieron un niño. Hubo otras 141 que aceptaron dos, 63 que recibieron tres; incluso, hubo 6 que se hicieron cargo de ocho niños cada una, y una que recibió diez. En general, estas «amas» eran reclutadas entre mujeres pobres o necesitadas de complementar sus ingresos con este trabajo que, por lo demás, era pagado con generosidad y puntualidad. Manuel Delgado ha correlacionado la propiedad de la vivienda con la condición económica de estas amas, y ha concluido que sólo el 10% de ellas eran propietarias de su casa, mientras que la mitad eran arrendatarias. Otro 10% vivían de «allegadas» y una de cada cuatro vivía en un «cuarto» que le proporcionaba la propia Casa de Huérfanos.

Producido el destete del niño (generalmente después del primer año de vida), éste era entregado a una segunda ama (llamada «seca») a cuyo cargo seguía el huérfano hasta los seis años, cuando era devuelto a la Casa para iniciar su escolaridad. Sin embargo, muchos de ellos fueron entrenados previamente para pedir limosna en la calle, continuando todavía en el siglo XIX con una práctica que conocieron las ciudades europeas en los siglos XVI y XVII.

Durante todo este ciclo, que abarcaba seis o siete años, el niño abandonado en la Casa de Huérfanos tenía tres alternativas: la muerte (que caía sobre siete u ocho de cada diez), la restitución a sus padres o familiares biológicos (27 niños abandonados tuvieron ese destino en la muestra observada entre 1797 y 1818, todos ellos antes del tercer mes de edad), y la adopción por parte de alguna familia interesada. Esta adopción era absolutamente informal desde el punto de vista jurídico y administrativo. El funcionario encargado del trámite sólo estipulaba que a tal niño «se lo quité a la ama y se lo di a...», o bien «se lo entregué a...», o, en fin, «se lo di a...». También hubo algunos casos en que anotó: «la ama se quedó con él». El salario que recibía una ama por amamantar a un huérfano era de tres pesos mensuales, de dos hasta los 3 años, y de ocho reales para los mayores, pero no incluía ningún otro gasto, como por ejemplo el vestuario, que era asumido por la Casa.

Las cifras proporcionadas en el estudio ya citado muestran también la directa correlación entre el aumento del abandono y las condiciones críticas que enfrentan las familias, especialmente en períodos de epidemias, sequías, terremotos, etc., y, sobre todo, ponen de manifiesto la pavorosa mortalidad que afectaba a estos niños. La precisión de algunos datos nos ha permitido medir la magnitud de esa mortalidad, que alcanza cifras impresionantes: un poco menos del 20% de los ingresados recién nacidos morían antes de los 30 días y un poco menos de la mitad (41.6%) lo hacían antes cumplir el año, en el período comprendido entre los años 1875-1879. En los primeros decenios del siglo XX, la situación era todavía más dramática, ya que entre 1915 y 1919 el 64% de los que ingresaron recién nacidos murieron antes del año de edad. La mortalidad endógena es extraordinariamente fuerte, pues supera el 107 por mil entre 1875 y 1879.

A diferencia de otros casos estudiados, la Casa de Huérfanos de Santiago acogió siempre más niños que niñas, no obstante que para las familias humildes el hijo varón era un trabajador más «rentable» en la medida que se le veía como el sucesor natural del padre, mientras que la hija implicaba la responsabilidad de una futura esposa a la que había que dotar con parte del patrimonio familiar.

Afectos, educación y sociabilización

El alto número de hijos excluidos de su hogar y las pésimas condiciones de vida en que transcurría la niñez, especialmente la de los abandonados recién nacidos, nos testimonian un debilitado sentimiento positivo hacia los niños. Además, el amamantamiento con nodrizas habría excluido al hijo de la especial relación que se establece entre madre e hijo, al favorecer un contacto permanente que facilita caricias y atenciones. Ahora, si bien es cierto que esto no era común entre las familias humildes, por el hecho de recibir hijos ajenos para su crianza se terminó por descuidar a los propios. Es probable que estas nodrizas hayan desarrollado con el niño ajeno vínculos afectivos que se prolongaron por mucho tiempo.

Aunque difícil de precisar, hay un momento en que la condición del niño mejoró, valorizándose de un modo diferente. En Europa, bajo el impacto de la industrialización, las madres se incorporaron al mundo laboral reemplazando en muchos casos al trabajo infantil. Su consecuencia inmediata fue la transformación de la familia desde una unidad productiva a una unidad de salarios, estimulando a los padres a conservar a sus hijos en el hogar. Una nueva mentalidad social asumió que el modo de vivir la infancia determinaba el tipo de adulto que todo niño llegaba a ser, y se le otorgó una preocupación especial a su educación. Para el caso de la América hispana este cambio es mucho más tardío, al menos en el plano de la mentalidad. En cuanto a la educación que el niño podía recibir, tanto dentro del hogar como fuera de éste, siempre estuvo en manos de la Iglesia o determinada por los principios religiosos, que promovieron especialmente los catecismos. Ya a comienzos del siglo XIX surgen algunas pequeñas escuelas parroquiales y se difunden Catecismo de la Doctrina Cristiana y Cursos de Moral para uso de las escuelas. Pero, como ha demostrado un reciente trabajo en España, esta educación consideraba al niño como un ser insignificante, que se convertía en objeto fácilmente manipulable, a quien se le podía (y debía) enseñar todo. Estos manuales estaban plagados de normas de comportamiento que, de cumplirse al pie de la letra, hubieran hecho de los niños seres impersonales, coartados en la mesa, en los juegos, en la calle, en los lugares públicos, etc.En cualquier caso, no cabe duda de que la Iglesia tendió exitosamente a asumir el rol educativo a través del catecismo parroquial, reemplazando a los padres, quienes, además, no se resistieron. La misma Casa de Huérfanos, desde mediados del siglo XIX, fue orientando su quehacer a dar algún oficio adecuado a los niños que albergaba, llegando incluso a establecer acuerdos con empresas privadas para capacitarlos en oficios especializados tales como la fabricación de zapatos, sastrería, carpintería, música, etc. De hecho, a mediados del siglo XIX la Casa recibió críticas y reclamos porque las niñas que eran enviadas a casas particulares para ocuparse del servicio doméstico no sabían desempeñar esas labores, y eran devueltas por incompetencia. Es claro que había una diferenciación educacional entre niños y niñas muy desmedrada para estas últimas, que eran consideradas por naturaleza como inferiores, y a las que una instrucción más acabada podía deformar sus débiles mentes...Las niñas en el hogar tenían como misión aliviar el trabajo de las madres, ya que, por su sexo, eran las más indicadas para ello. Toda su formación estaba orientada a ayudar y sustituir a la madre cuando fuese necesario, por lo que aprendían desde muy pequeñas a ocuparse de los trabajos domésticos.

La educación y la sociabilización de los niños en el hogar no sólo era función de los padres; también participaban en ella los hermanos mayores y otros corresidentes adultos. Para la gran mayoría de los niños de la sociedad tradicional, la familia fue el único ámbito en el que hicieron el aprendizaje de la vida. Fue en su interior donde el niño sociabilizó e interiorizó la cultura y la forma social en que vivió. El objetivo tácito de la educación doméstica era inculcar al niño el «rol» que le correspondía, «ponerlo en su sitio». En este proceso, intervenían, consciente o inconscientemente, muchos factores: la situación material de la familia, los «modelos» que veía cotidianamente y que pasaban a ser su fuente de imitación, el entorno urbano o rural y la apelación a pautas culturales del pasado para la formación del adulto futuro. Como ha resumido acertadamente un historiador español, «se sociabilizaba para el futuro, pero se transmitían contenidos en su mayor parte procedentes del pasado».

Un de las mayores dificultades que plantea el estudio de la niñez en el pasado es identificar el modo en que éstos se integraron en el mundo circundante. ¿Cómo entendieron el «orden» que debían respetar? ¿Cómo aceptaron las «distorsiones» de ese orden, con lo cual se veían afectados por injusticias y abusos? La mayoría de los estudios han explorado y reflexionado en torno de la existencia o inexistencia de sentimientos en el trato de los adultos con el niño, y no sólo desde el punto de vista de los cuidados que se tiene con ellos, sino incluso del espacio que se les da para sus juegos y alegrías. Los juguetes, por ejemplo, han sido analizados dentro de este contexto, aunque es indudable que la gran mayoría de los niños de familias populares urbanas y campesinas no tuvieron juguetes o los inventaron con sus propios medios e imaginación. También la ropa infantil ha sido objeto de reflexión. ¿Fue una mera adaptación del vestuario adulto o los padres recurrieron a prendas especialmente adaptadas al rol del niño? Los datos provenientes de la Casa de Huérfanos nos enseñan que a los recién nacidos se les vestía con un «ajuar» específico, el que era entregado mensualmente al ama. Este ajuar incluía tela para pañales, para mantillas y para camisas, que la encargada de la crianza debía cocer. Se incluía también «fajitas» con las que se envolvía al bebé, a veces con tal rigidez, que impedía todo movimiento de la criatura. Por lo demás, era justamente eso lo que se buscaba con su uso. A veces se agregaban «frazadas de cuna», lo que testimoniaría la existencia de estas camas individuales para los bebés, al menos en los primeros meses de vida. Se agregaban dos pellejos de cordero para frazadas. Para los mayores de tres años se les entregaba a sus cuidadoras zapatos, camisas, guantes, chaquetas y calzones. El costo del vestuario infantil representaba para la Casa entre un 10 y un 20 % del gasto anual de un huérfano.

De esta manera, la historia de la infancia, no obstante todos los avances alcanzados en los últimos años por la historiografía especializada, sigue presentando abundantes sombras. Ello nos permite afirmar, sobre todo para el caso de Latinoamérica, en general, y de Chile tradicional, en especial, que es una historia por hacer.

Relación padres e hijos.

1. Introducción.

La relación de padres con los hijos demuestra una fuerte influencia en lo que es la acción educativa, ya que se afirma que es el núcleo familiar el principal actor no solo en la educación de sus hijos, sino también en su vida, en cuanto a la afectividad en base a amor, respeto y comprensión.
Se abordan diversos temas en cuanto a la relación entre padres e hijos, como por ejemplo, observaremos que existen 2 tipos de complejos que se pueden dar durante la relación de Padres e hijos y que según Freud son universales en todo ser humano. En cuanto a la familia es un grupo de personas que se emparentan a través de un lazo sanguíneo, además existen diferentes tipos de estas, las cuales tienen diferentes tipos de organización en la actualidad y en su evolución durante los años.
Existen diferentes ojos que abordan el tema de la familia y sus relaciones, uno de ellos, la Iglesia, que nos trata de regir como actuar en esta relación de acuerdo a lo que Dios nos manda y cual es su voluntad, es el amor, respeto y caridad en familia, la que forma por si lazos irremplazables.
Es en la familia donde se establecen los primeros y más importantes vínculos y, a través de ella, la niña y el niño incorporan las pautas y hábitos de su grupo social y cultural, desarrollando los primeros aprendizajes y realizando sus primeras contribuciones como integrantes activos.
Es importante que los niños y niñas que desenvuelvan en un ambiente familiar seguro y estable, donde sus padres le concedan apoyo incondicional.
Por otra parte, al observar la realidad de la vida actual, se constata que los padres están tan absorbidos por el mundo laboral que no les queda mucho tiempo para dedicarse a la familia a sus hijos, complicando la hermosa tarea de educar a sus hijos, es por eso que ante esta situación, indagaremos en las problemáticas mas comunes en la relación padres e hijos.
Este trabajo se data de una larga investigación en cuanto a las relaciones de padres e hijos, ya que este tema es importante en cuento al desarrollo de los niños (as), ya que los principales actores en la vida de un niño(a) son los padres, la familia, lo mas cercanos, dejando en claro que es importante favorecer la afectividad.
2. Objetivos.

2.1 Objetivos Generales.


- Desarrollar temáticas educacionales basadas en las relaciones y vínculos que establecen padres e hijos en la vida cotidiana.

- Orientar y capacitar para la practica educativa en cuanto al tema de la relación de padres e hijos, ayudando a fortalecer los vínculos y los afectos entre ellos tanto en el hogar como en la participación de a acción educativa.

2.2 Objetivos específicos.

- Fomentar la educación en la afectividad entre padres e hijos.

- Comparar los diferentes espacios sociales y culturales que establecen una relación en vínculos de afectividad y amor entre padres e hijos.

- Elevar la capacitación de las educadoras de párvulos con respecto a los vínculos que se establecen entre padres e hijos.

- Proveer conocimientos significativos en el aula con respecto al tema tratado de la relación de padres e hijos.

3. La familia.

3.1 Definición y estructura.

Definición:
Existen diversas perspectivas sobre la Definición de familia, alguna de ellas son:
“Grupo de dos o mas personas relacionadas por sangre, matrimonio o adopción, que residen juntas; todas estas personas son consideradas miembros de una familia” (Johnson y otros, 1967).
“Grupo de personas emparentadas entre si, que viven juntas bajo la autoridad de una de ellas” (Johnson y otros, 1967).
Coexistencia de dos grupos de seres humanos: padres e hijos, que tienen entre si una relación de progenitores a descendientes.”(Porot 1974).
“La familia es un grupo de personas unidas por vínculos de parentesco, ya sea consanguíneo, por matrimonio o adopción que viven juntos por un período indefinido de tiempo. Constituye la unidad básica de la sociedad”.

Estructura de la Familia:
Antiguamente las familias eran muy extensas pero las actuales, se constituyen por un número reducido de personas; la función de la familia debe ser muy eficaz para que el niño desarrolle sus habilidades, destrezas en un ambiente y clima agradable (favorable).
En la actualidad los padres tienen una mayor conciencia de sus funciones y responsabilidades ya que deben cumplirlas por si mismos y sin el apoyo con el que contaron sus padres; no es tarea simple y se presenta de modo importante. El hecho de ser padre o madre se perfila como una obligación personal que esta inserta en un sistema evolutivo y en constante cambio, requiere de un cumplimiento.
El periodo de infancia es donde el niño y la niña están estrechamente ligados a su madre y son incapaces de vivir independientemente, en estimación este periodo dura entre 3 y 4 años hasta los 6 de edad aproximadamente.
En nuestra sociedad el padre tiene poca relación con el niño en su primera edad, costumbres, moral y la tradición lo mantiene alejado, dejando al niño a cargo la mayor parte del tiempo a la madre; esta a su vez debe cooperar con el mantenimiento del hogar , por lo que debe trabajar. De esta manera ella deja al niño en manos de un jardín infantil, quienes finalmente se hacen cargo del niño.
En la sociedad chilena predomina la familia patriarcal, el padre es la cabeza de la familia y el que asegura el sustento. Para el niño, el padre es el mas perfecto, sin embargo sin embargo con el tiempo pueden representar temor o respeto. Confianza o desconfianza, odio o amor, (dependiendo de cada circunstancia) etc.
La madre asume un papel de mediadora dispuesta a denunciar al niño ante el padre , pero también capaz de anteceder contra un castigo.
En hogares promiscuos, en el que el padre se encuentra en contacto intimo con el niño , permite que se establezca una estrecha afección lo que conduce en violentas y constantes discusiones . Cuando el padre regresa fatigado del trabajo o ebrio, desahoga su malestar sobre los hijos y la mujer. Distinta es la realidad de otras familias donde los niños nunca ven a la madre maltratada, y como cualquier padre normal, este experimenta un afecto profundo y desea obtener el respeto ante los niños.
Intimidad, autoridad y educación son los factores fundamentales para que la familia pueda influir en el aspecto sociológico sobre su hijo, pues las relaciones afectivas en la infancia condicionan la vida del niño.

Tipos de familia.

La modalidad que predomina acerca de la residencia y la forma de matrimonio, afectan la composición de las familias.

Familia nuclear: al igual que el matrimonio es universal, la familia conyugal también lo es. Es una unidad que se combina a veces con otras familias para formar familias más complejas.

Familia de procreación: cuando la familia nuclear se crea en el matrimonio.

Familia de orientación: cuando cada persona se casa, pasa a ser miembro de por lo menos 2 familias nucleares. En esta familia se da la orientación básica para vivir en sociedad.

Familia completa: es aquella que esta constituida por padre y madre además de los hijos.

Familia incompleta: Es aquella que esta constituida por padre o madre, o por alguna persona que los sustituya.

Familia ensamblada: Es aquella familia en la cual uno o ambos miembros de la actual pareja tiene (tienen) hijos de uniones anteriores. Dentro de esta categoría entran tanto las segundas parejas de viudos/as como de divorciados/as y de madres solteras.


Evolución de la familia.
La familia existe hace mucho tiempo y es la estructura e institución básica de la sociedad. En la prehistoria las parejas se alternaban, a esta etapa de la historia de la familia se le denomina “Promiscuidad” ya que no existía ni un tipo de ley para esto (hoy si). La estructura y forma de la familia van cambiando con el tiempo y así se determinan sus etapas.

El hombre aparece en la tierra y después de la etapa de la promiscuidad vienen:

Etapa de la comunidad primitiva: cuando el hombre y comienza a desarrollar la diversas formas de organización social.

Etapa de la horda: Forma simple de organización, eran de grupos reducidos, sin distinción de paternidad y eran nómadas.

Etapa del clan: en esta obedecían a un jefe, formaban comunidades y los lazos sanguíneos y familiares eran importantes.

Después de esas etapas de la historia de la familia a parecen otra nuevas que se pueden catalogar como “organización familiar”.

Etapa de la familia consanguínea: considerada la primera fase de la familia, se relacionan con los lazos de sangre que unen a sus integrantes.
Etapa de la familia Punalúa: primero de los progresos en la organización de la familia. las características de esta etapa son : se excluía a padres hijos y hermanos del comercio sexual y renuncia a la unión sexual de hijos de la misma madre.
Etapa de la familia Sindiásmica: se basa en la convivencia del hombre con una mujer y tiene permitida la poligamia y la infidelidad (para la mujer no).

Etapa de la familia Monogamia: predomina el hombre, se dedican a procrear niños y ambos padres comparten el cuidado y afecto hacia los pequeños.

Etapa de la familia poligámica: Muchos conyugues.

Etapa del Matriarcado: se conformaba por la madre y sus hijos.

Etapa de la familia patriarcal: la autoridad es el hombre de mas edad (va por parentesco).

3.2 Complejo de Edipo y Electra.


En psicoanálisis, el complejo de Edipo o conflicto Edipico se refiere al complejo de emociones y sentimientos infantiles caracterizado por la presencia de deseos amorosos hostiles hacia los progenitores. Freud define el complejo Edipico como el deseo inconsciente de mantener una relación sexual con la madre y de eliminar al padre (Freud se inspiro en la tragedia griega de Sófocles “Edipo Rey”).

Freud describe 2 maneras en las que se puede presentar el conflicto Edipico:

Complejo de Edipo positivo: odio hacia el padre y deseo sexual hacia la madre.
Complejo de Edipo negativo: amor hacia e padre, rivalidad a la madre y rechazo.

Este complejo se presenta en la etapa fálica del desarrollo de la lívido (3 y 6 años de edad) y acaba con la entrada en el periodo de latencia. Este puede revivir en la pubertad y esta declinara con la elección de la sexualidad adulta.
Carl GJung desarrollo de forma análoga el “Complejo de Electra” describiéndolo como una atracción sexual inconsciente que siente una niña hacia su padre aunque Freud nunca acepto esta idea por que se contraponía con las teorías que el venia desarrollando, en 2 aspectos:
La importancia que tiene la niña la inclinación hacia la madre (fase preedipica) y el falo en el desarrollo de los sujetos de ambos sexos en la fase fálica.
Según la teoría freudiana es un fenómeno que aparece en todos los seres humanos, tanto en hombres y mujeres (para Freud el complejo femenino no es simétrico con el masculino)

El complejo de Edipo desempeña un papel fundamental en la estructuración de la personalidad del niño y en la orientación del deseo humano, Freud afirma que es universal e independiente de la cultura y organización familiar.

El complejo termina cuando el varón renuncia a la madre por que acepta que la madre es del padre y la mujer renuncia a al padre porque acepta que es de la madre.


4. Relación padres e hijos según la Iglesia.

En cuanto a la relación de padres e hijos según la Iglesia, podemos mencionar dos pasajes del Nuevo Testamento (Efesios 6:1-4 y Colonenses 3:20-21) en los que se mencionan dos frases “Hijos Obedezcan…”, “Padres no exasperen… ”, que podríamos dar a conocer como una versión directa del respeto hacia a los padres como algo que nos trasmite Dios y como ente de corrección para que sigamos el camino que nos transmite Dios, y así actuar de buena obra.

4.1 Antecedentes Bíblicos.

Hijos Obedeced a vuestros Padres (Ef. 6:1-3 y Col. 3:20).
El mandamiento es claro al mencionar que lo que debe hacer el hijo es obedecer y somos nosotros los que nos comenzamos a cuestionar, está claro que no debemos obedecer a nuestros padres cuando ellos nos mandan a hacer algo que va en contra de la ley de Dios. Según la Iglesia los hijos no tienen la acción legítima de desobedecer.
Dios aporta en la Biblia tres razones para cumplir este mandamiento, entonces debemos obedecer a nuestros Padres:
- Porque es justo (Ef. 6:1).
- Porque agrada a Dios (Col. 3:20).
- Porque hay una promesa (Ef. 6: 2-3).

Para entender esto debemos tener en cuenta que el mandamiento es “Honrar a nuestro Padre y Madre”, y esta es nuestra promesa con Dios, siempre debemos respetar, escuchar y buscar siempre una relación madura con ellos.

Padres no exasperéis a vuestros Hijos (Ef. 6:4 y Col. 3:21).
“Padres no provoquéis de ira a vuestros hijos”, el proceder hacia los hijos debe ser de amor, respeto, sabiduría para no provocar el enojo innecesario. Este mandato es una directriz en cuanto como tratar a los hijos.
Los padres se exasperan cuando:
- Usan sarcasmo o burla.
- Los exponen delante de los demás.
- Cambian la instrucción según el estado de ánimo.
- Imponen normas que no cumplen ni ellos.
- Establecen preferencias como mandamientos divinos.
- No cumplen las promesas.
- No reconocen errores.
- Los comparan con los hermanos.
- Hablan con ellos solo cuando se equivocan.
- Hablan de ellos como “casos perdidos”.

Es posible que cuando alguna de estos mandamientos se rompe puedan existir conflictos, ya sea menores o problemas mayores, pero ante Dios la relación entre padres e hijos nunca es irreconciliable, siempre hay una oportunidad de brindarse el perdón, el amor que no se dio, es importante el respeto, tanto de padres a hijos, como de hijos a padres, de esta manera se favorecen los vínculos y se reafirman en base a la afectividad, cariño y comprensión.

4.2 El amor de familia.
Al hablar de familia se hace referencia a un grupo de personas que teniendo lazos de parentesco viven juntas bajo la emoción del amor. Es decir el amor es una emoción básica en la relación intrafamiliar. Cuando no existe la pasión de vivir juntos la familia se desintegra como tal. El amor es el motor que mantiene a la familia unida y constituye el principal alimento para el crecimiento y desarrollo de los hijos, y la relación de pareja.
La palabra amor identifica el afecto, de necesidad de estar cerca del otro pero por sobre todo la aceptación incondicional del que se ama. En la familia el amor es la emoción básica que sustenta las relaciones entre padres e hijos y entre los integrantes de la pareja. En la familia se recibe el amor y se aprende a darlo a los demás, en la familia se aprenden las formas de expresión de dicho amor y se aprende a compartir y a aceptar a los demás.
Sin embargo este aprendizaje no siempre se da adecuadamente en las familias, ya que en muchos de los hogares el deterioro en la relación en la pareja, o la historia personal de cada uno de los integrantes adultos de la familia, no les permite vivir y expresar este amor. Muchos de estos casos provienen de familias en las cuales no vivieron el cariño de parte de sus padres y no tuvieron un modelo adecuado que les permitiera primero, sentirse queridos y aceptados, y segundo sentirse capaces de entregar lo que cada uno tiene dentro de sí. Generalmente este tipo de familias son muy negadoras del otro y tienden a la violencia y el maltrato como una forma de resolver las diferencias. Cuando una familia es capaz de aceptar a los demás y aceptar las emociones u opiniones de los otros se puede trabajar en la solución de las diferencias de manera no violenta, es más, se puede aceptar que dos o más integrantes de la familia tengan diferente postura u opinión y ello no constituye un problema.
¿Cómo mejorar la unión familiar?

- Deben tratar de respetar las reglas básicas de convivencia, para evitar problemas.

- Concreten una vez a la semana una reunión para hablar de los problemas y no dejar que las situaciones más pequeñas enfríen, distancien y/o perjudiquen a uno o más miembros de la familia que se conforma en la reunión, formar ambiente grato.

- Escuche cada una de las inquietudes de nuestros hijos.

- Valorar hasta que punto merece prioridad y poder cambiar con acciones.

- Evita el empleo del mismo tipo de respuestas de forma sistemática para que nuestro hijo no piense que siempre somos autoritarios, que le hagamos sentir culpable, que le quitamos importancia a las cosas Creen reglas como por ejemplo: no gritar, no levantarse de la reunión sin haber concluido determinado tema, etc. De esta forma evitara que se den problemas grandes y que el reunirse en Familia para resolver problemas, sirva para dialogar.

- Dejar las culpabilidades a un lado, si hasta hoy no hemos sido un modelo de comunicadores, pensemos que podemos mejorar y adaptarnos a una nueva forma de comunicación que revertirá en un bien de nuestra familia suavizando o incluso extinguiendo muchos de los conflictos habituales con los hijos.

¿Para qué es el amor en la familia?

La capacidad de amar es resultado del desarrollo afectivo que ha tenido el ser humano durante sus primeros años de su vida, mediante un proceso continuo y secuencial que pasa por la infancia, adolescencia y se posterga hasta la madurez y vejez.

El amor en la familia no es algo que se tenga que dar porque si, este sentimiento tiene dos cometidos fundamentales:

a) Enseñar el amor, aprender a amar, cuidarlo y comunicarlo, así como proyectarlo a la sociedad: Es en el seno familiar donde se deben cultivar los valores del ser humano, enseñarlo a pensar, a profundizar, a reflexionar, hacerle ver y sentir que el respeto es el guardián del amor, así como la honradez, la generosidad, la responsabilidad, el amor al trabajo, la gratitud, etc. Es ahí en la familia, donde nos invitan a ser creativos en el cultivo de la inteligencia, la voluntad y el corazón, para poder contribuir y abrirnos a la sociedad preparada e íntegra. El amor de la familia por tanto debe también trasmitirse a la sociedad.
b) El amor les ayuda a cada uno de sus miembros, especialmente a los hijos, a que desarrollen todas sus potencialidades para que logren alcanzar lo más cerca posible sus objetivos en la vida.
La psicología afirma que el afecto estimula el aprendizaje y desarrolla la inteligencia gracias a la sensación de seguridad y confianza que otorga y que se desarrolla lentamente a través de la infancia, la niñez y la adolescencia.


5. Relación padres e hijos.
5.1 Relación de Padre e Hijo.
El padre es la primera figura masculina presente en la vida de un niño, su relación se inicia desde el más simple contacto, a través de los juegos, paseos y en el diario convivir el niño captará la esencia de la relación, la cual se hará evidente cuando crezca.
En un juego de fuerza física con su padre, el niño entenderá el significado de los límites. Cuando se es demasiado agresivo, pensará, papá parece no disfrutarlo y aunque parezca increíble esa situación será vital para que se detenga o sea menos brusco, mientras se relaciona con otros niños de su edad.
La comunicación entre padre e hijo no solo se basa en la confianza, si no en enseñarle a respetar las normas y entender cuál es el objetivo de hacerlo. Si el papá se convierte en un excelente compañero, con aficiones o gustos en común; pero es incapaz de mostrarle con su ejemplo que vivimos en un mundo donde deberá compartir con otros niños, entonces estos problemas quizá perduren hasta su vida adulta.
Cada tiempo por corto que parezca es una oportunidad para conocer mejor a nuestros hijos (sus sueños, miedos, alegrías), así mismo ello aprenderán hábitos, posturas, modos de ser e incluso imitarán sin notarlo tu manera de expresarte
Los niños que desarrollan una sana relación con sus padres muestran mayor autoestima, seguridad y facilidad para trabajar en equipo.
Paternidad comprometida.
El concepto de paternidad comprometida se refiere a determinadas características presentes o ausentes en las relaciones entre padres e hijos.
Doherty y Erikson han determinado que estas características son:
-Tener sentimientos y conductas responsables respecto del hijo.
-Sentirse emocionalmente comprometido.
-Ser físicamente accesible.
-Ofrecer apoyo material para sustentar las necesidades del niño.
-Ejercer influencia en las decisiones relativas a la crianza del hijo.
Gran cantidad de investigadores que han buscado identificar los efectos de una paternidad comprometida han sido consistentes en señalar que los niños con padres altamente comprometidos se caracterizan por una mayor capacidad cognitiva, mayor empatía, creencias sexuales menos estereotipadas y mejor capacidad de autocontrol.
Un factor fundamental para explicar estas diferencias es el contexto familiar en que estos niños son criados.
Los mismos estudios han demostrado que un alto grado de compromiso paterno hace posible que tanto la madre como el padre hagan lo que les parece más satisfactorio.
Permite a los padres un mayor grado de cercanía con los hijos, mientras que a las madres les da la libertad para alcanzar metas profesionales manteniendo un adecuado grado de cercanía en la relación con sus hijos.
Un alto nivel de compromiso paterno genera un contexto familiar en que tanto el hombre como la mujer se sienten satisfechos con su matrimonio y con los acuerdos acerca de la crianza infantil a que han llegado.
La paternidad comprometida se ve influenciada por tres aspectos: motivación, habilidad y autoconfianza. La motivación es muy importante, aunque por sí sola no asegura un compromiso paterno.
Pero existe un cuarto factor, también muy determinante, que se refiere al apoyo que la madre brinda al padre para que se comprometa dentro de la familia.
Finalmente, las prácticas institucionales, especialmente en el lugar de trabajo del padre, pueden afectar seriamente el compromiso paterno.
Efectos del cuidado paterno en el desarrollo infantil
Los niños de tan sólo unas semanas de vida tienen la capacidad de distinguir al padre de la madre, y si bien no se puede afirmar que esta capacidad sea importante para la supervivencia, sí se puede inferir que tiene un valor para su desarrollo pleno.
A partir de las seis semanas, los niños distinguen la voz del padre de la de la madre. Ya a las ocho semanas se aprecia que, al acercarse la madre, los recién nacidos responden con un ritmo cardíaco y respiratorio más lento, aflojan los hombros y bajan los párpados; en cambio, cuando se acerca el padre, se les acelera el ritmo cardíaco y respiratorio, tensan los hombros, abren los ojos y se les vuelven más brillantes.
Si los niños desde que nacen están equipados para descubrir al padre y diferenciarlo de la madre, implica que la conexión con aquél es necesaria e importante para su desarrollo.
Los niños que han tenido un buen padre entre los primeros dieciocho a veinticuatro meses de vida, son más seguros en la exploración del mundo que les rodea, son más curiosos y menos dubitativos frente a los nuevos estímulos.
En otros campos del desarrollo de la personalidad los estudios revelan cuán significativa es la presencia del padre con sus capacidades parentales propias.
Psicólogos, psiquiatras y educadores han manifestado persistentemente que la preocupación empática por los otros, el autocontrol, una alta sensibilidad moral e incluso el desarrollo físico están determinados en un nivel importante por el compromiso del padre en la crianza y educación.
No sólo existen efectos directos de la paternidad comprometida en el desarrollo infantil, también hay efectos indirectos, que pueden ser tanto o más importantes que los otros.
Es así como se observa que los padres desempeñan en sus familias un número significativo de roles: compañeros, proveedores, esposos, protectores, modelos, guías morales, profesores, proveedores de cuidado, cuya importancia relativa varía de acuerdo a la época histórica y grupos culturales.
Claramente el rol de proveedor es un componente clave del rol de padre en la mayoría de los segmentos sociales de nuestra cultura, aun en la gran mayoría de las familias en que ambos padres trabajan, el padre es visto como el proveedor primario. El soporte económico de la familia constituye un modo indirecto pero importantísimo a través del cual los padres contribuyen a la crianza y salud emocional de sus hijos.
Un segundo aspecto indirecto fundamental se desprende del rol del padre como fuente de apoyo emocional para otras personas distintas del hijo, principalmente de la madre involucrada en el cuidado directo del niño. El puede ayudar a mejorar la calidad de la relación materno-infantil, y por ende a facilitar la adaptación positiva del niño.
Si la mujer siente el compromiso del padre con sus hijos, ella estará más dispuesta en su rol de madre y se sentirá más satisfecha.
5.2 Relación: Madre e hijo.

Rol de la madre.
Desde el momento en que nace un bebé, e incluso desde el momento en que una mujer se entera de que está embarazada, comienza a crearse un vínculo afectivo entre la madre y el niño, un vínculo que perdura a lo largo de la vida. Este vínculo se hace más profundo en el momento en que nace el niño, y a medida que madre e hijo entran en contacto.

La comunicación entre madre e hijo es fundamental, y se da incluso antes del nacimiento del niño: el bebé da patadas en el vientre materno, se mueve; la madre habla al bebé, acaricia su tripa, piensa en él. Todas estas conductas, muchas inconscientes, son comunicativas y hacen que ambos se vayan conociendo.
Existen cinco sistemas que fortalecen el vínculo: la sonrisa, el mamar, la mirada mutua, el llorar y el contacto físico. En un primer momento, se establece una relación muy intensa, de simbiosis entre madre e hijo. Cuando nace el bebé, y su madre lo ve por primera vez, lo toca, lo acaricia, le besa y le habla, el vínculo se va fortaleciendo. La madre sonreirá al bebé, y poco a poco el bebé también la sonreirá a ella; cuando el niño llore, su madre será capaz, en pocas semanas, de interpretar perfectamente el llanto del niño: por hambre, por dolor, por sueño... Poco a poco, a medida que el bebé crece, se va percibiendo como alguien separado de su madre (alrededor de los 6 meses). Es importante este paso hacia la independencia, para que el bebé se vaya convirtiendo en un ser independiente y autónomo, que vive en un mundo que le ama y le entiende y le apoya. Esto ocurre en la mayoría de casos.
Es sabido de la importancia que tiene la mamá en los primeros meses y año de vida. Tanto que de la relación y del vínculo que se forme entre madre e hijo, dependerá cual será la personalidad del niño y las conductas que más tarde tenga de adulto.
Las vivencias, relaciones y vínculos que el niño establezca en el primer año de vida, son claves en el desarrollo de su personalidad.
Desde el mismo momento de la concepción, se establece entre madre e hijo, un vínculo muy estrecho a nivel emocional, que se acrecienta con el momento del nacimiento, la lactancia, y más tarde con la crianza en los primeros años de vida.
Según varios estudios realizados, la forma en la que interactúa la madre con su bebé, está relacionada con el comportamiento que tendrán los niños hasta su adolescencia.
Y según estos mismos estudios, aquellos niños más caprichosos o con problemas serios de conducta, se corresponden con aquellos niños que no había sido atendido en sus demandas o aquellos que habían sido sometidos a diversos castigos, ya sean físicos o psicológicos, en los primeros estadios de su vida.
Por el contrario, aquellos niños más predecibles y menos caprichosos, han sido aquellos que más habían sido estimulados cognitiva y emocionalmente por sus madres y a los cuales se les había atendido en sus demandas.
Es por esto que se dice que a aquellos bebés que son sostenidos en brazos y atendidos rápidamente a sus llantos y demandas, lejos de malcriárseles, se los está ayudando a ser niños y adultos más seguros, menos conflictivos y estables emocionalmente.

La madre, clave para vencer la timidez del niño.
Además de factores genéticos y medioambientales, al parecer el papel de la madre es fundamental para que un niño sea más o menos tímido.
Según un estudio de la Universidad de Maryland (Estados Unidos), la timidez del niño puede ser modificada y de ello depende mucho el rol que juega la madre en su educación.
Antes de que los papás se molesten, en palabras de los científicos, la madre es más que el padre el modelo de socialización del niño durante los primeros años de vida.
Si el niño es de esos que se esconden debajo de las faldas de mamá, se tapan la cara y huyen de los extraños, las madres podemos revertir esa situación de timidez ayudándole a ser más sociable.
Aunque apuntan que un niño retraído con una personalidad introvertida tampoco debe ser forzado a comportarse de una forma que no es, sí podemos incentivarlo a que juegue con otros niños, haga nuevos amigos y a vencer las inhibiciones.
Los bebés demuestran desde la cuna si son tímidos o no. Si cuando se acerca un extraño sonríe, y responde bien a las nuevas situaciones, será seguramente un niño más extrovertido.
Dicen que los hijos de padres sobre protectores tienden a ser más retraídos pues no saben desenvolverse si no es con la ayuda de mamá o de papá.
Desde luego, es notable la influencia que tenemos los padres en la formación de la personalidad de nuestros hijos. Y ello supone una gran responsabilidad que debemos asumir para educar niños sociables y sin traumas.
Semejanzas y diferencias entre padre y madre.
Sandra Ferketich descubrió que la tendencia a criar se encuentra tanto en varones como en mujeres, así como el deseo de sentirse conectado emocionalmente con los hijos.
Otro investigador, Ross Parke, ha dicho que tanto los padres como las madres son igualmente capaces de interpretar las señales de sus hijos indicativas de hambre, molestias o fatigas, e igualmente capaces de responder a ellas de manera adecuada.
Numerosos estudios avalan la idea de que hombres y mujeres tienen capacidades parentales similares, pero también hay mucha evidencia sobre las diferencias, que radican principalmente en la forma de ejercer dichas capacidades.
Algunas de las diferencias más significativas entre la madre y el padre radican en la forma de jugar, siendo el padre más explorador, ayudando al hijo en la formación de su confianza en sí mismo.
El padre apoya las conductas del hijo que buscan novedad y lo ayuda a tolerar frustraciones cuando intenta algo nuevo.
La madre, en cambio, suele aferrarse a los esquemas más convencionales.
Otra divergencia en el modo de relacionarse los padres con sus hijos está en la disciplina, ya que mientras la madre tiende a imponerla subrayando los costos sociales y de relación que tiene la mala conducta, el padre lo hace subrayando las consecuencias mecánicas y sociales de ésta, alejándose de lo emocional y de un modo más impersonal cuando han trazado un límite.
Estas diferencias y otras que se pueden encontrar en la literatura referente al tema, permiten concluir que padre y madre son complementarios y necesarios en el desarrollo de los hijos.
Ejemplo:
En un estudio realizado a un grupo de infantes, los bebés de un año protestaron de igual manera por la separación del padre y de la madre, mientras que los bebés de nueve meses o menos sólo protestaron por la separación de la madre.
Cuando ambos padres estaban presentes, un poco más de la mitad de los bebés buscaban a la madre, pero casi la mitad mostró tanta o mayor inclinación hacia su padre.
La presencia del padre en la crianza de los niños producirá efectos positivos en ellos, serán más independientes, autónomos y creativos. Según los expertos la sensación de protección que brinda un padre a su hijo es muy importante y le ayudará a enfrentar los problemas de mejor manera.


“La madre educa y el padre solo está para divertir a los niños. Es usual que en estas circunstancias sea el papá quién reciba más aceptación de sus hijos. Cuando llega del trabajo solo desea entretener a sus pequeños con algunos juegos, mientras la mamá está todo el día corrigiendo o cuidando que nada malo les suceda.
Sin embargo ambos necesitan poner límites a sus hijos. Cuando se establecen las reglas ambos padres deben estar convencidos de ellas y ponerlas en práctica siendo tolerantes según las circunstancias”.

Los cinco papeles fundamentales de ser padres son:
- Responder a su hijo en forma adecuada.
- Prevenir comportamientos arriesgados o problemas antes de que ocurran.
- Supervisar las relaciones de su hijo con el mundo que lo rodea.
- Aconsejar a su hijo para apoyar y fomentar comportamientos deseados.
- Servir de modelo con su propio comportamiento para dar un ejemplo coherente y positivo a su hijo.
5.3 Padres adoptivos.
Los padres adoptivos son padres que desean con todas sus ganas un hijo, por lo tanto estos niños son muy deseados y queridos. Habitualmente los niños adoptados no son recién nacidos y en algunos casos son de diferente raza que sus nuevos padres o padres adoptivos, esto hace visible la adopción no como en épocas anteriores donde esto era muy escondido.
La actitud de los padres ante la llegada de un niño puede llevar a estados depresivos, de tristeza, irritabilidad. Estos padres pasan por una depresión postadopción la cual no requiere tratamiento y es un sentimiento pasajero de no poder hacer las cosas bien (miedo al fracaso).

En primer lugar el niño cuando llega a esta nueva familia debe comenzar a reconstruir su historia, los nuevos padres deben ayudar en esto con cariño y creando un lazo afectivo con el niño.
Para una buena relación entre padres e hijos adoptivos los padres deben querer hablar sobre los orígenes del niño sin agobiarlo, no evitar la verdad, no dar todos los detalles y procurar mantener un recuerdo positivo de su antigua familia.

Hijos adoptados de 1 a 3 años.

Los niños de estas edades están muy ocupados ganando el control de ellos mismos, ya llegando a los 3 años el niño comienza a aprender sobre su familia y es ahí donde vienen las preguntas.
¿Cómo salio el bebe?
¿Nací yo de esa forma?
¿Estuve yo en tu barriga?
¿Por qué no crecí yo en tu barriga?

A esta edad es muy importante hacer saber al niño lo importante y felices que los hace.
En esta edad no hay que tratar de decirle al niño más de lo que puede entender, el niño necesita saber que su nacimiento fue igual que el de todos los niños.

Hijos adoptados de 3 a 5 años.

El niño en esta etapa se esta alistando para enfrentarse al mundo, comienza a iniciar proyectos y cuestionar lo que ve. Cuando sale de su casa ya comienza a confrontar su adopción.
Generalmente el niño a esta edad le cuesta más comprender la adopción ya que su pensamiento es más rudimentario.

Hijos adoptados de 5 a 7 años.

En esta etapa el niño ya puede diferenciar entre la adopción y el nacimiento como formas distintas de formar una familia.
A esta edad ya comprende que tiene dos pares de padres lo que lo concibieron y los que lo criaron y educaron.
Comienzan también las preguntas sobre su madre biológica, este es un buen momento para mostrarles fotografías, cartas o recuerdos de sus padres biológicos.
Por mucho que los padres intenten los niños a esta edad igual tendrán un sentimiento de pérdida y aflicción por lo que inevitablemente pasan.
En conclusión los hijos adoptivos en casi todos los casos son más deseados que los biológicos. Estos padres muchas veces son más sobre protectores que los demás por el hecho de que estuvieron mucho más tiempo esperándolos y deseando tenerlos. También se les hace mucho más compleja la adaptación al niño ya que de un momento a otro llega otro ser a sus vidas.











6.1 Problemas en relación de padres e hijos.
6.1 Disciplina.
Algunas de las quejas más comunes de los padres en cuanto al comportamiento de sus hijos son:
• Mi hijo no me escucha cuando le digo que tiene que hacer alguna cosa.
• No hay manera de que se acueste a una hora razonable.
• Los profesores de mi hijo están hartos de su comportamiento: no rinde nada y siempre está molestando en clase.
• Mi hijo dice mentiras.
• Siempre está irritado y contesta mal.
La perdida del control en los hijos, produce tal desasosiego en los padres que los lleva a culpar al niño/a de muchos errores cometidos por ellos mismos, ser Padres exigentes, despreocupados de aquello que es importante para el niño, nerviosos, demasiado permisivos, poco tolerantes, poco afectivos, dependientes, posesivos, obsesivos, injustos, etc., son los que marcan la diferencia entre un niño indisciplinado y uno disciplinado.


Cuando los niños son concientes de su propia persona, su educación puede ser un reto descorcentante y complejo ¿Cómo educan los padres a los niños de hoy? Algunos repiten los patrones que sus propios padres les aplicaron: otros adoptan prácticas muy diferentes a las que utilizaron con ellos.

En cuanto a la Disciplina ,los padres luchan por tomar las decisiones correctas se refiere a educar a sus hijos ,quieren criar a seres humanos que piensen por si mismos y que desarrollen todo su potencial (Autonomía) , En esta batalla tienen que desarrollar métodos eficaces de disciplina , la disciplina no es un sinónimo de castigo , mas bien es el proceso de enseñar a los niños comportamiento , carácter y autocontrol , los padres tienen diferentes formas de en señar a sus hijos ,carácter ,autocontrol y comportamiento moral.

En los padres esta el equilibrar el respeto por la individualidad del niño pero firmes en mantener los estándares y la voluntad para imponer castigos limitados y así poder favorecer al niño plenamente en ser un ser autónomo, independiente, moral, respetuoso, etc.… (Establecer reglas con las que fortalecer conductas y lograr su crecimiento personal).

Los hijos Madrugadores.
En ocasiones, según los padres el niño tiene la tendencia a no dejar dormir lo suficiente, por que despierta temprano, lo que preocupa a éstos por su deambular por el hogar sin vigilancia.
De hecho muchos niños necesitan dormir menos que otros. Una buena noche de sueño puede ser de doce horas para algunos niños y de ocho para otros
Si el niño no duerme lo suficiente como para estar durante todo el día en buena forma, se le debe enseñar cómo dormir más o cómo volver a tomar el sueño cuando se despierta demasiado pronto. Si puede pasar con menos sueño que la mayoría de niños de su edad sin que ello le ocasione problemas, el objetivo será enseñarle a jugar en la cama o en cualquier otro lugar seguro, hasta que sea la hora fijada para levantarse.
Si el niño duerme aproximadamente de una forma igual cada noche y está de buen humor por las mañanas, significa que duerme lo suficiente para sus necesidades individuales y los padres deben enseñarle a jugar tranquilamente en la cama, o antes de irse a la cama, o antes de levantarse por la mañana.
Pueden utilizarse las tácticas Para los niños que se acuestan sin problemas, pero han desarrollado el hábito de levantarse demasiado pronto, se han pensado la siguientes soluciones para enseñarles a volver a la cama a dormir hasta una hora más conveniente.
- Sea directo. Hay que decir al niño que vuelva a la cama cuando se ha levantado demasiado pronto. O indicarle que siga en la cama hasta que sus padres vengan a llamarle. Para muchos niños esto es suficiente si los padres se ponen serios al respecto.
- No espere milagros. Lo máximo que puede esperarse es un incremento gradual del periodo de sueño. Si el niño ha estado levantándose a las seis de la mañana, no se debe esperar que se duerma antes de las ocho de la noche. Si se despierta a las seis y cuarto, que lo haga a las seis y media es ya un logro importante. Trate de ir acercándose a la meta poco a poco.
- Trate de alentarle. A algunos niños les preocupa el dormir demasiado. Asegúrele que se le va a despertar si es necesario, o póngale un despertador.
- Imponga la regla de los cinco minutos. Los padres deben reprimirse a sí mismos en lugar de reprimir al niño. No deben correr cuando le oyen moverse o incluso llorar. Espere cinco minutos aritos de acudir a su habitación cuando llame, a menos, desde luego, que se piense que hay problemas. Después de algunos días podrá comprobar que el niño vuelve a dormirse o que duerme un poquito más. Si sigue siendo insuficiente, aplique otra vez la regla.
- Recompense. Con los niños que ya hablan, puede intentarse un premio cuando se levantan un poco más tarde. Esto suele funcionar con niños de aproximadamente tres años de edad. Seleccionándole algunas metas que debe lograr. Si se recompensa al niño con un Juguete, escoja uno seguro para que pueda jugar sin vigilancia. No deben dejarse a los niños pequeños juguetes que puedan ser desmontados fácilmente en piezas pequeñas, que podrían tragar. También se debe tener cuidado con juguetes que tengan cuerdas. Se pueden combinar las recompensas con la siguiente sugerencia. Utilice la práctica positiva. Esta técnica le da al niño la oportunidad de dominar una habilidad, de la que podrá servirse cuando sea necesario.
El Aseo personal.
Muchos padres quieren que sus hijos estén limpio como una joya, pero hay que tratar de ser razonable en cuanto a lo «pulcro» que se quiere que sea el niño y en qué ocasiones. Ensuciarse es completamente aceptable de vez en cuando y el hecho de lavarse no debe verse como un castigo. Por otra parte, cada niño debe desarrollar un sentimiento de orgullo de su propio cuerpo y aprender a cuidarlo. El dar un buen ejemplo ayudará al niño a tomar buenos hábitos de limpieza, y al mismo tiempo crecerá con la idea de que lavarse es divertido.
Los niños pequeños intentan lavarse solos, pero la mayoría no llega a lavarse adecuadamente las manos sin supervisión, Lavarse la cara correctamente sin ayuda suelen hacerlo a los cuatro años y medio, mientras que la pericia necesaria para bañarse solos la suelen alcanzar a los seis años. La limpieza no tiene para los niños la misma importancia que para los padres, pero si se les educa para ello, llega a formar parte de la rutina diaria.
Nuestras soluciones empiezan con sugerencias para enseñar a los niños pequeños a lavarse, a que el aseo se incorpore a la rutina diaria, para que sea fácil de aprender. No hay que apresurarse. Hay que enseñar al niño que las rutinas del aseo pueden ser divertidas.
6.2 La Alimentación.
En muchas ocasiones los padres, con un gran deseo de que el niño esté bien nutrido, hacen de la hora de la comida el momento de más tensión en el hogar, con angustia, ansiedades y reproches a la conducta del niño frente al alimento; Es común ver que los padres ensayan toda clase juegos, piruetas, regalos, para hacer que los niños coman y se alimenten bien, y a pesar de todos sus esfuerzos ninguna estrategia surge efecto, Sin embargo, hay que tener mucho cuidado en la forma en que afrontamos esta situación, pues la preocupación de la familia puede ocasionar actitudes de alimentación inapropiadas o medidas disciplinarias que pueden agravar el rechazo por el alimento.
. Los niños tienen la sabiduría natural frente a sus necesidades fisiológicas entre los dos y cinco años, los niños presentan constantes episodios de inapetencia
(un normal “desgano fisiológico” característico de la edad), lo cual ignoran los padres y por eso se atormentan con el hecho de ver que su pequeño no quiere comer nada., La mayoría de los niños que rechazan comer tienen un apetito apropiado para su edad y su ritmo de crecimiento. Durante estas edades, el estándar normal es que los niños aumenten entre 1 y 2 kilos por año, a diferencia de cuando estaban en su primer año. Como consecuencia, ahora necesitan menores requerimientos nutricionales y sienten menos apetito.
Por otro lado a estas edades, los niños están más interesados por el mundo que los rodea que por los alimentos. Ellos están descubriendo cosas nuevas, su única ocupación es el juego y la aventura, por ende, las comidas le quitan tiempo valioso a su actividad predilecta. Igualmente, ellos aún no son conscientes de que el cuerpo humano necesita alimentarse para su sano desarrollo, y por eso no le dan la importancia que requiere. Los adultos (Padres, Educadora) serán los responsables de ir inculcándoles aquellos hábitos en un lenguaje apropiado a su nivel de comprensión.
Por lo tanto, forzarles a comer un determinado alimento puede ocasionar graves consecuencias, dejando un precedente en la comida y haciendo que esta experiencia se vuelva negativa y poco placentera. Además, una presión excesiva también puede llevar al rechazo del alimento.
Recomendaciones para los padres
- Para los niños, su principal modelo de conducta es la familia. El ejemplo de sus padres y hermanos es fundamental para que ellos adquieran unos buenos hábitos alimenticios. Si los pequeños observan que sus padres tienen una mala actitud hacia la comida, o rechazan algún alimento, ellos

- Imitarán su comportamiento. Así que lo primero que debe hacer es observarse y corregir posibles errores.

- Establezca horarios que le permitan a los niños tener una rutina y organizar sus horas de comida. Es importante que entre las tres comidas principales hayan pequeños refrigerios nutritivos como frutas o lácteos. Evite darles golosinas o “comida chatarra”, mucho menos antes de las comidas.

- Es clave que los padres demuestren paciencia, disciplina y firmeza. Convertir las comidas en momentos de forcejeos, luchas y ruegos, lo único que provoca es un mayor rechazo por parte del niño hacia los alimentos. Se debe buscar que la hora de la comida sea un rato amable, alegre y placentero.

- Medir adecuadamente las cantidades de comida, no se le puede servir abundantemente pues de solo verlo, sentirá llenura y terminará refutándolo

- Convertir los alimentos en castigos, súplicas, sobornos y premios, es un error que no deben cometer los padres. Estas técnicas de alimentación erróneas provocan un rechazo en los niños.

- Todo entra por los ojos, los diferentes colores y formas son muy estimulantes. Ponga a volar su imaginación para hacer recetas gustosas y atractivas a la vista. Además, el olor, la variedad de los alimentos, la compañía y la atmósfera que se crea alrededor de la comida son también factores determinantes.


- Es muy buena táctica, invitar a que los pequeños participen en la preparación de las comidas, ellos se divertirán y querrán comer lo que resultó de su obra.

- Por último, tenga muy presente elogiar y felicitar al niño cuando se alimenta bien, ellos necesitan ese reconocimiento cuando su comportamiento es el adecuado.

6.3 El inicio de la sexualidad en los niños, un reto para los padres.

Uno de los problemas que están viviendo los padres de hoy en día es la asimilación de la enseñanza de sexualidad en los niños, si bien al crecer los niños van notando la diferencia que existe entre el cuerpo de un hombre y una mujer o en la escuela día tras día intentan avanzar y conseguir que desde pequeños se consiga que este tema no sea un tabú, y sobretodo analizar las consecuencias que pasan sino se hace con mucha precaución

El tema es rechazado por los padres, quizás porque se ven superados ante las preguntas de los niños, así que una y otra vez las respuestas se complican y no se encuentra la solución esperada, y así se recurre a la vieja salida de …. “ya lo sabrás cuando seas mayor“.
El problema está que a un niño de ya no se le puede contar las viejas historias de mayores que los niños los traían una cigüeña y que venían de París, porque cada vez saben más y conocen la situación, así que para algunos padres se ponen colorados ante los conocimientos de los niños y acaban por no saber que hacer.
Las preguntas más frecuentes de los niños son: ¿De dónde vine?, ¿Cómo se hacen los bebés?, ¿Cómo quedaste embarazada?, ¿Cómo llegué a tu panza?, ¿Cómo nace el bebé?, ¿Qué es el sexo?, ¿Por qué no tengo pene/vagina? … Se trata de responder desde lo más sencillo y con amor y sobre todo un ambiente de confianza, los niños en estas en condiciones se le da mas fácil el comprender la dinámica de la sexualidad .es importante
Cuando al niño no le infunden su identidad sexual, no le hablan con la verdad, lo cohíben de juegos y no hay un modelo a seguir de su mismo sexo, podría crearse en él un trastorno en su conducta sexual.,. Por lo cual, los padres deben aceptar y tratar de inculcarles actividades correspondiente a sus inquietudes.

6.4 Dormir con papá y mamá.
Esto ocurre en muchos de los hogares y afecta tanto a la privacidad de la pareja, como la autonomía de los pequeños. Se ha convertido en un problema cada vez más frecuente entre los padres de las nuevas generaciones, los niños pequeños se pasan (o los pasan) a dormir en la cama marital. El permitir que el o los niños amanezcan entre papá y mamá termina por afectar la relación de la pareja. Es posible que ésta situación se haya incrementado por el temor que sienten los menores por la inseguridad y violencia imperante y esto los lleva a buscar la compañía y la sensación de seguridad al lado de sus padres en la noche.

Igualmente, puede ser el resultado de los sentimientos de culpa que invaden a muchos padres por su continua ausencia del hogar, y que tratan de compensar complaciendo a sus hijos en todo, incluyendo el dormir con ellos, con tal de verlos tranquilos y que los dejen descansar.
La compañía casi diaria del menor en la misma cama es más que una simple molestia para papá y mamá. Termina por deteriorar la relación de pareja. No solamente tienen que dormir incómodos, aguantar patadas, manotazos y a veces orinadas, sino que pierden una de las escasas oportunidades para estar a solas como pareja, gozar de su intimidad, tener actividad sexual, resolver conflictos o conversar temas de adulto. Dormir al lado al lado de papá y mamá también puede tener efectos negativos en la futura vida sexual de los niños, en su seguridad, estima personal, afectividad o en su forma de ser.
A los padres solteros o separados, la presencia de su hijo o hija en la cama puede traer repercusiones aún más serias en las relaciones familiares y en la estabilidad emocional de los menores. Además, el hecho de que el niño o niña ocupe un lugar que eventualmente podrá ser de una nueva pareja, establece de entrada un obstáculo más en la relación de éste con su futuro padrastro o madrastra. Siempre es preferible que papá o mamá vayan al cuarto del niño para que se duerma mientras le cantamos, o le contamos o leemos un cuento. Sí tienen miedo a dormir solos, acompáñelos al acostarse. Se puede permanecer con ellos hasta que hayan conciliado el sueño. Si el niño está muy asustado, puede permitirle que duerma con la luz prendida, la puerta abierta. La cama debe ser cómoda, el cuarto agradable, la decoración adecuada.

6.5 Familias monoparentales: padres o madres ausentes.

Las familias monoparentales son aquellas que se componen por un solo miembro de la pareja. En estas familias se produce una perdida del contacto afectivo con uno de los padres.

Diferentes situaciones de monoparentalidad:

o Madres solteras.
o Separación conyugal o divorcio.
o Fallecimiento de uno de los progenitores.
o Adopción por personas solteras.
o Ausencia permanente o prolongada de un progenitor.

Repercusiones psicológicas en las familias monoparentales:

o 0 a 3 años: Trastornos del comportamiento, regresión y estancamiento en comportamiento y hábitos adquiridos, estancamiento en los aprendizajes cognitivos.

o 3 a 5 años: Ansiedad e inestabilidad, temores fóbicos, fantasías de abandono y muerte de los progenitores, manifestaciones de culpabilidad, inadaptación escolar y tristeza.

o A partir de los 6 años de edad: Sentimientos depresivos, carencia afectiva, agresividad, bajo rendimiento escolar, dificultad en las relaciones sociales, comportamiento híper maduro, responsabilidad y brillantez en el rendimiento escolar.

o Período de la pubertad y adolescencia: Inseguridad, depresiones, trastornos del comportamiento, desinterés, pasividad extrema, tendencia al fracaso, conductas delictivas, consumo de drogas y tendencias agresivas.

o Juventud y adultez: Inseguridad, ansiedad en las relaciones interpersonales, miedo al fracaso en las relaciones de pareja, lucha por no repetir situaciones de su niñez, mayor tendencia a un futuro divorcio.



Factores de riesgo en familias monoparentales:

o Disputas judiciales y peleas por la tuición de los hijos.
o Violencia verbal o física de los niños.
o Perdida de apoyos sociales de los progenitores.
o Situaciones socioeconómicas desfavorables.
o No asumir en duelo de uno de los progenitores o evadirlo de alguna forma.
o Madres solteras sin apoyo de sus familias.
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http://docs.google.com/fileview?id=0B3d58P_aeS-EMDk4OGI0MjQtZjYzYS00MzE1LTg4YmEtZjg0ZTVkYWM3Nzhk&hl=es